—Para mí, tres—dijo Lorenzo.

—Para mí... cinco.

—¡Y querías tomar mate amargo!...

—¿Quién desea un cimarrón?—preguntó Baldomero, parándose en la puerta, y agregó:—Buenos días, señores.

—Buenos días—contestaron;—pase adelante.

—¿Han descansado?

—Hemos dormido perfectamente.

—¡Pero han soñado mucho!—dijo Melchor, riendo, mientras servía el desayuno.

—Si... ¿no? ¿y con quién?

—Son pavadas de éste—repuso Ricardo.