—¡Te parece, Lorenzo! Viven muy contentos y muy sanos.

—Yo creo que me moriría aquí antes de una semana.

—En ti me lo explico perfectamente.

—¿Por qué te lo explicas?

—Porque aquí no vienen diarios todos los días...

—No seas pavo—repuso cariñosamente Lorenzo; y la jira continuó sin alejarse mucho de las casas, hasta que Baldomero les gritó:

—¡Cuando gusten!

Al sentarse a la mesa apareció Anastasio, cuya fisonomía impresionó vivamente a Lorenzo y a Ricardo que en una rápida mirada se cambiaron la misma impresión: ¡qué traza!

En la expresión de Anastasio observaron, instantáneamente, un detalle extraordinario: ¡reía sin risa!

Toda su cara, en lo muscular, respondía a la intención de su dueño: los labios se tendían abiertamente dejando ver una dentadura ennegrecida y sólida; las comisuras de los párpados se contraían aumentando los surcos radiales que partían de ellas; los pómulos se levantaban, las arrugas de la frente disminuían... pero los ojos permanecían impávidos y fijos. Casi podía decirse que al reír su envoltura corpórea, el alma quedaba indiferente y seria.