—¡No he andado en mi vida!

—Le daremos un caballito manso—dijo Baldomero, que en ese momento se había aproximado al break;—el malacara de la niña Lola... ése es como ir en coche...

—¿Será como ése?...

—¡Ah... no, señor!... cosa muy diferente... el malacara es de paseo...

—¡Yo vengo asombrado de la resistencia de su caballo!

—Y véalo, don Ricardo... ¡mire!... ¡viene «tironeando»!... como al salir...

Envanecido por los elogios al azulejo, Baldomero le hizo una «aflojadita», en momentos que llegaban a la casa, y fue a detenerse bajo los ombúes de la caballeriza, gritando:

—¡Qué hacen que no llaman estos perros?... ¡fuera! ¡Nemo!... ¡fuera! ¡Bachicha!...

Los viajeros descendieron del coche, y entre saludos a la gente que les esperaba se dirigieron a la casa por un caminito del jardín, guiados por Melchor, que al entrar en las piezas les decía:

—¡La sala... ya ven... hasta piano!... para ti, Ricardo, que eres tan aficionado... Sigan... éste es el escritorio del viejo...—y alzando la voz gritó:—¡Baldomero!... haga traer luz; sigan, muchachos: el cuarto de mamá... estos dos son de las muchachas... éste no hay que presentarlo: ¿qué les parece?...