—¡Qué barbaridad! ¡Ya no puedo tomar más!—dijo Ricardo poniendo en el suelo un vaso con un poco de leche.

—Ni yo tampoco: he tomado demasiada.

—A mí sáqueme otro vaso, Águeda.

—¡Será a la vaca, niño Melchor!—contestó la vieja que ordeñaba, riendo de su propia ocurrencia y procurando cubrir con sus labios plegados de arrugas el solo diente que le quedaba en la boca, largo y amarillento, como hueso de bagual en una zanja.

—¡Vea!... ¡Doña Águeda mojando también!

—¡No se descuide, don Baldomero, que cuando llueve se mojan todos!—replicó la vieja disponiéndose a ordeñar, al sentarse en cuclillas al pie de una vaca negra que rumiaba tranquilamente, mientras movía, sin éxito, el tronco de su cola atada en la punta a sus propios garrones.

—Yo he tenido que desayunarme con leche—dijo Lorenzo,—cansado de esperar un mate dulce que me ofrecieron...

—¡Pero, si usted se fue a conversar con don Melchor!...

—Le digo por broma, Baldomero; si yo prefiero la leche.

—¿Y al fin?... ¿Nos vamos a pasar aquí la mañana?