—¡Yo no he cambiado!—le interrumpió Melchor con cierta vehemencia, suspendiendo la tarea de anudarse la corbata.—¡Son ellos los que me habrán hecho cambiar!... Los que supieron aprovecharme siempre que me necesitaron, y para sacarme el cuerpo el día que pude necesitar de ellos: ¡porque todos son así!...

—¡Son ganas de quejarte!

—¡Bueno! Así será, no hablemos más de esto; mira qué monada esa ratoncita... ¡allí!... ¿La ves?... bajo aquel clavel...

—¿Sabes cuál es su nombre técnico?

—¡Qué voy a saber!

—Troglodita.

—¡Eso querría ser yo!...

En ese momento se presentó en la puerta del cuarto Juancito, el pequeño peón de la caballeriza, y dijo:

—Buen día, don Melchor... ¿que si no van a ir?

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