—No; si yo lo conservo por ocuparme en algo y porque es de porvenir; pero no sería justo que la condenase a Clota a este aislamiento... ¿Por mí? Si yo me dejase llevar de mi tendencia no me movía más de aquí.

—¡Te parece!... al mes saldrías volando para la ciudad... Nosotros no hemos nacido para la vida embrutecedora del campo... para esta soledad... este aislamiento...

—Todo tiene sus encantos y sus compensaciones, Lorenzo. Aquí hay soledad; pero hay salud; hay aislamiento pero no hay decepciones.

—¿Y de qué decepciones puedes quejarte tú?

—¡Bah!... Es que yo disimulo; pero si tú supieras cuántos me han frecuentado asiduamente, cuando yo no tenía más tarea que atenderles y distraerles y se me han retirado en cuanto me vieron ocupado o preocupado.

—¡Eso me parece muy natural!

—¡Ah!... ¡Sí!... «¡muy natural!» Llevarme tribulaciones, angustias, conflictos de todo género, para que yo los consolase o los arreglara y el día que me tocaba quejarme a mí, encontrarme solo entre las cuatro paredes de mi cuarto.

—¡Pero tú no puedes decir eso, Melchor! ¡Tú menos que nadie!

—¡Bah!... Con excepción de Ricardo y de ti, ¿dime? ¿cuáles son mis amigos ahora?

—¡Pero los de siempre, Melchor! Es claro que te frecuentan menos por tus visitas a Clota... y porque, al fin y al cabo, tú también has cambiado... ya no eres tan chacotón ni tan conversador como antes.