—¿Yo?... ¡Perfectamente!... ¿Por qué?

—Me dijo Ricardo que estabas sin muchas ganas de levantarte.

—¡Cosas de Ricardo! ¡Tenía un poco de sueño y nada más!... en un periquete me visto e iremos a dar un galope; espérate.

Lorenzo se aproximó a la ventana, por la que se veía gran parte del jardín, la casa de Baldomero a la izquierda y al fondo las caballerizas rodeadas de corpulentos y seculares ombúes.

En la parte posterior de la casa continuaba el jardín hasta el punto en que empezaba el monte de frutales y era de tal modo vibrante y compacto, si puede decirse, casi aturdidor, el cantar matinal de los pájaros, que hizo exclamar a Lorenzo:

—Parece una pajarera esta casa.

—¿Has visto?... ¡Cuánto pájaro! ¿eh? Es que aquí no se les persigue y, al contrario, cuando están las muchachas les echan montones de alpiste y de maíz de guinea por todas partes.

—¡Qué lindo es eso!

—Aquí todo es lindo, ché, hay que convencerse, y si no fuera que la estancia queda tan lejos de Buenos Aires, yo me vendría a vivir a ella para siempre.

—¿Y qué te lo impide?... Al fin tu empleo no te da gran cosa.