—¡Baldomero!... ¡bajo su responsabilidad!
—Monte sin cuidado, señor. ¡Si el malacara es una dama!
Efectivamente, ni el malacara de Ricardo, ni el overo de Lorenzo parecieron darse por entendidos de la carga que tenían, pues quedaron inmóviles en el mismo sitio, sin dar señales de vida.
Los dos jinetes sentían la honda emoción de una expectativa trascendental, temerosos de las consecuencias de una repentina resolución de los nobles brutos, y abrumados también por la actitud de intensa curiosidad con que eran observados por Baldomero, Hipólito, José, Águeda, el caballerizo, Juancito, los perros, las vacas y hasta las palomas que sobre los tirantes del techo inclinaban sus cabecitas como para mirarlos mejor.
—¿Vamos?...—dijo Melchor, correctamente montado en su zaino.
—Bue...e...no—Contestó Ricardo, pensando:—¡Aquí va a pasar algo!
Casi al pensamiento de Melchor respondió el zaino avanzando, con su cabeza levantada como si explorase el horizonte; el malacara, por instinto, que no por resolución de su jinete, lo siguió; viendo el overo que sus compañeros se iban, no quiso quedarse solo y en un ex abrupto mortificante, salió al trotecito.
Lorenzo creyó, en el primer instante, que se había desbocado; pero no perdió su serenidad hasta el extremo de no oír que Baldomero le decía:
—Que se divierta.
A favor de la marcha del overo pudo ponerse pronto al lado de Melchor, a quien le preguntó, sin volver la cabeza por temor de perder el equilibrio que a duras penas había podido conservar: