—¿Por qué... me... habrá... dicho... Baldomero... que... me... divierta?...
—¡Qué encuentras de raro en eso?
—¿Yo?... nada...—repuso Lorenzo que empezaba a sudar; y agregó:—no... vayamos... tan... ligero...
—Sujeta, si te incomoda el trote.
Obedeció Lorenzo tan estrictamente, que el overo se paró.
—¿Qué te pasa?... ¿Por qué te paras?...
—«Él»... se paró.
—¡Sigue... hombre!...
El «hombre» no siguió; siguió el caballo, reanudando su irritante trotecito a favor del cual los pantalones de Lorenzo se acortaban aceleradamente.
Ricardo había tomado posesión del malacara descubriendo en él una condición salvadora: era íntimo amigo del zaino... ¡inseparable! y resolvió no contrariar en lo más mínimo el noble afecto del noble bruto. De esta suerte, a través del zaino y de Ricardo, Melchor gobernaba al malacara, convertido por discreta resolución de su jinete en la sombra del compañero de pesebre, cuyos movimientos seguía con absoluta libertad.