—Tu... caballo... sí... que... es... bueno...—dijo Lorenzo a quien el zangoloteo a que el suyo lo obligaba le impedía emitir más de tres sílabas seguidas.
—Tiene muy buen tranco, realmente.—contestó Ricardo;—pero el tuyo es más bonito.
—¿Quieres... cambiar?...
—No; voy bien, en éste.
—Lolita hace lo que quiere en ese caballo—dijo Melchor.
—¡Quién fuera Lolita!—pensó Ricardo.
—¡Quién podrá hacerlo con este monstruo!—pensó Lorenzo.
—Lo que despuntemos este alambrado, podremos galopar.
—¿Para... qué?... Melchor... no... tenemos... apuro...
Melchor, que había notado las angustias inmotivadas de Lorenzo, prorrumpió en una carcajada, diciéndole: