—¡Vienes temiéndole a ese caballo en el que la nena hace lo que quiere!
—La... nena... ella... sabe... andar.
—¡Pero si cualquiera sabe andar en ese caballo!
—Es... que... yo... no... lo... conozco—repuso Lorenzo sudando a mares y viendo pavorosamente que el fin del alambrado estaba próximo.
Por la fatiga que sentía, por el calor que lo abrumaba, por la tirantez de su ropa en toda dirección y por otros detalles concurrentes, calculaba Lorenzo haber andado varias leguas, cuando al volver la cabeza por un movimiento de instintiva curiosidad, vio a corta distancia que Águeda desataba la cola de la lechera negra.
—¿Galopemos?...—dijo Melchor inclinando ligeramente el cuerpo hacia adelante, y los tres caballos aceptaron la invitación...
Cuando Lorenzo iba a romper en una enérgica protesta, se encontró galopando sin poder evitarlo; pero al mismo tiempo notó, o creyó notar, que esa nueva forma de marcha era más soportable, bien que le molestaba algo el movimiento de ascenso y descenso de los jinetes que llevaba al lado.
Lo agradable del galope no le impedía pensar, con cierta inquietud, en un suceso inevitable, y en una observación de orden distinto: ¿Cómo será al parar?; ¡qué difícil es hablar cuando se galopa!...
El galope duró cuanto lo permitió la naturaleza del suelo, que a no haberse interpuesto un bañado continuaría acaso todavía; y el paseo se prolongó por mucho tiempo, pues pasado el momento de la prueba inicial, Ricardo y Lorenzo se posesionaron resueltamente de sus caballos, a los que, a ratos, creían sinceramente que ellos los habían domado.
Sudorosos, contentos ¡«gauchos» ya! regresaron a las casas, en las que entraron casi a media rienda, desoyendo las indicaciones de Melchor, pues querían mostrar a «todo el mundo» que eran capaces de jinetear como el mejor.