—¡Caballeros! ¡No juego más; ya es de día!
Más allá, alguien—acaso en ausencia del que abandona la carpeta,—ha dicho también temblorosamente y en voz sibilante, como el vago chirrido de un puñal que sale de la herida:
—Bueno, basta; ya viene el día...
Mientras tanto, el jornalero, el honesto jornalero de brazo nervudo y de tórax fuerte y levantado como su conciencia, sale para el trabajo, dejando en su modesto hogar a la compañera en la sencilla labor de cada día, y, en el divino sueño de la infancia sana, los hijos de la salud y el amor.
Y mientras el gran vaho nocturnal se disipaba en aquella mañana de enero, pudo oírse, a lo largo de las calles, el repiqueteo del cascabel y el firme trotar de la soberbia yunta de zainos que arrastran la victoria de Lorenzo Fraga, en el inusitado madrugón de aquel día.
La victoria se detiene en la modesta casa de Melchor Astul, que desde horas antes se apercibe para el viaje proyectado, tarea en la cual han intervenido madre y hermanas, disputándose el éxito en los refinamientos de la previsión, pues en los últimos detalles de un trajín semejante es cuando se corre el riesgo de olvidar lo fundamental: el cepillo de dientes; las zapatillas; el sobretodo por si refresca; el abotonador; la pasta dentífrica; el betún, etc., etc.
Nada se ha omitido, y sólo queda para mandar por encomienda el frac de Melchor, que no cupo en el baúl y que «es bueno tener a la mano—según lo aconsejó burlescamente su hermana mayor,—por si se daba algún baile en el pueblo».
—Bueno: ¡otro adiós! adiós, mamá; adiós, muchachas; díganle a tata que no me despido otra vez por no despertarlo, y escriban, ¡eh! y no se olviden del frac—y luego, dirigiéndose al cochero:—vamos a casa de Merrick, ¿sabes? en la avenida.
—El señor Ricardo está ya en casa; yo fui a buscarlo.
—¡Ah! entonces vamos allá.