Los zainos batieron con sus cascos como el redoble de una diana al romper la marcha, que se hizo en seguida uniforme y firme, cual si la regulase el repiquetear del cascabel colgante en la punta niquelada de la lanza; pero a poco andar la victoria se detuvo por orden de Melchor, que con un pie en el estribo y medio cuerpo afuera llamó a un vendedor de diarios que descendía de un tranvía:
—Dame Nación y Prensa...
—...No tengo cobre...
—Déjalos, no más. ¡Vamos!
Y la victoria continuó su marcha con Melchor, que acababa de iniciarse en el día como de costumbre: con un acto de relativa previsión y otro de generosidad.
Cuando el carruaje llegó a casa de Lorenzo, éste y Merrick esperaban en la puerta de calle.
—Estábamos haciendo votos por la prolongación de tu tardanza.
—¿Por qué?
—Porque así podríamos perder el tren y desistir de este viaje, para nosotros estéril y para ti penoso.
—¡No sean pavos! Subo a saludar a la familia y despedirme, Lorenzo; bajo en seguida.