—Están en el balcón; nosotros ya nos despedimos.

—Ya las he visto—dijo Melchor, mientras subía «de a cuatro» la amplia escalera, al terminar la cual fue recibido por la familia de Lorenzo que en coro le hizo una de esas recepciones íntimas en que el deseo de reír y de llorar se mezclan.

La madre de Lorenzo, que se hallaba recostada en la puerta de la sala que daba acceso al vestíbulo, interrumpió los saludos dirigidos a Melchor diciéndole:

—Venga para acá... venga el santo... el bueno...

—¡Señora!—exclamó Melchor dirigiéndose hacia ella, que lo recibió con los brazos abiertos exclamando:

—Un abrazo... así... fuerte... ¡muy fuerte!—y rompió a llorar.

Las hermanas de Lorenzo llevaron los pañuelos a los ojos y en medio de un silencio de sollozos el padre de aquél se dirigió pausadamente hacia el escritorio en el que penetró despacio...

—¡Sólo usted... sólo usted es capaz de este sacrificio!

—Qué sacrificio, señora, si Lorenzo es para mí un hermano.

—Y usted es para mí un hijo desde hoy.