—Bueno, señora; es decir: bueno, «mamita», dejémonos de llantos para los que no hay motivo y ya verán ustedes cómo dentro de poco vuelve Lorenzo hecho unas pascuas—dijo Melchor sonriendo al dominar la intensa, la profunda emoción que sentía.

—¡Dios lo oiga!

—¡Y me oirá! ¡si yo estoy con Dios... así!...—repuso sonriendo al cerrar la mano con un enérgico gesto, y agregó:

—¡Bueno, adiós! que tenemos los minutos contados; adiós... «mamita», adiós, Sofía; adiós, Carmencita; ¡hasta pronto, señor!—dirigiéndose al viejo Fraga que salía del escritorio guardando el pañuelo entre el chaleco y su cuerpo, acaso porque no encontraba el bolsillo de su saco...

—¡Adiós, amigo, adiós! ¿y ya sabe, eh? cualquier cosa...

—Sí, señor; pero no habrá necesidad de nada, ¡si llevamos provisiones para cien años!—repuso Melchor con su jovialidad habitual.

Y bajó la escalera, enviando todavía un ¡adiós! a todos, entre los que dejaba una vez más el alivio moral que su carácter generoso y bueno derramaba en los espíritus atribulados o enfermos.

—¡Caramba, con tu despedida!

—La señora me detuvo; pero estamos en tiempo, ¡vamos!

—Al Once, ché—dijo Lorenzo al cochero y el carruaje partió.