—Vamos a tener un viaje espléndido... sin tierra... fresco...—decía Melchor,—¡ya verán qué maravilla de vida vamos a pasar!... y ¿qué tal? Ricardo, ¿qué dices?

—¿Yo?... ¡nada! ¿qué quieres que diga?

—¡Quiero que hables! ¿oyes? que te dispongas a revivir y que no olvides lo que te decía anoche tu madre.

—¡Mi madre!...

—Sí, tu madre, ¿pues qué?

—Mi madre ha sido feliz toda su vida.

—¿Y tú, no?... ¡Qué rico tipo!... Mira, así—y reunía en un haz las yemas de sus dedos,—así, ¿ves?... así hay consuelos para cada dolor.

—Es posible.

—No; es exacto y sólo un niño, y un niño pavo, llora porque no le dan un juguete.

—¡Un juguete!...