—No para Ricardo, sin duda; pero sí para mí—y agregó:—Ricardo está enamorado de la Pampita; pero yo lo estoy de Baldomero.

—¿Te acuerdas de lo que te decía en el tren, hablándote de él?...

—¿Hace mucho que está al servicio de ustedes?

—Más de diez años, y gracias a él la estancia ha prosperado, porque tiene todas las condiciones imaginables, sin ningún defecto: es honradísimo a carta cabal y trabajador sin descanso.

—¿Y su familia, ché?

—La mujer es enferma... llena de manías... suele pasar temporadas larguísimas sin salir de sus piezas.

—¿Será neurasténica?

—¡Qué sé yo!... lo que sé es que lo hace víctima de sus caprichos.

—¡Pobre Baldomero!... y tan jovial siempre.

En ese momento llegaron a una pequeña zanja de casi un metro de ancho, que Melchor propuso saltar, como lo hizo en su zaino, deteniéndose del otro lado.