—¡Pobre caballo éste; qué galope tan feo tiene!
Fue necesario renunciar al galope y ponerse al tranco, procurando Lorenzo que su monumental caballo lo desarrollara dentro de límites adecuados.
En la intimidad con Melchor y en ausencia de testigos, se resarcieron con creces del discreto silencio observado desde el pueblo hasta la estancia, durante el viaje en el break y ni el más mínimo detalle escapaba a las preguntas que formulaban Ricardo y Lorenzo:
—¿Qué es eso?
—¿Cómo se llama ese pájaro?
—¿Qué animal es aquél?, etc., etc.
Melchor les informaba pacientemente sobre las vizcachas y sus perjuicios para el campo; sobre los caracteres de los teros, que gritaban lejos del nido; de los chajaes, que alertean por todo motivo; de los avestruces, que con un instinto asombroso ponen un huevo fuera del nido, para alimentar después a sus charabones; de los padrillos y sus procedimientos sultanescos y de cuanto detalle campestre cayó bajo la observación entusiasta de sus dos amigos.
Al regresar hacia las casas y agotados casi los temas, que el paseo sugería, Lorenzo dijo:
—Todo esto es muy interesante; pero lo mejor que he encontrado hasta ahora para mí, es Baldomero, ¡qué gran tipo!
—¿Más interesante que la «Pampita»?—le preguntó Melchor sonriéndose.