Al caer Lorenzo, el perro huyó despavorido, con la cola entre las piernas; el tostado se quedó mirando a Lorenzo con profundo asombro, sin comprender, evidentemente, la razón de aquella caída, mientras Baldomero corría hacia el caído, que se levantó diciéndole:
—¿Vio qué corcovo, eh?...
—¿Se ha hecho daño, don Lorenzo?
—No; ¡si en cuanto empezó a corcovear me bajé!
Cuando Lorenzo decía estas palabras llegaron a su lado Melchor y Ricardo, que reían desconsideradamente.
—¿Cómo te caíste?—le preguntó éste.
—¡Qué pregunta!... si no me caí; vi que empezaba a corcovear y resolví bajarme... ¡qué pavada!...
Y como viera que la causa principal—el perrazo bayo—había desaparecido del sitio de la catástrofe, Lorenzo se aventuró a montar de nuevo, estimulado sin duda por la experiencia recogida, que le enseñaba cuánto suelen ser de soportables algunas caídas.
El paseo continuó sin contratiempos, bien que disminuido en sus encantos, para Lorenzo, por la insalvable dificultad de conseguir que su caballo armonizara movimientos con los de sus amigos, pues el tostado tenía el tranco más lento que los otros y el galope más tendido, de modo que en el primer caso se quedaba atrás y en el otro se adelantaba demasiado, cuando su jinete conseguía ponerlo en ese tren.
El mismo Lorenzo llegó a reírse de su situación, diciendo: