—¡Es que este caballo no anda!....

—Castíguelo sin recelo, don Lorenzo—le dijo Baldomero,—es medio remolón al salir.

Lorenzo siguió el consejo, pero notó que cada vez que le pegaba el tostado hacía un movimiento de encogimiento, que él consideraba como la amenaza de violencias alarmantes y en vez de acentuar disminuía la intensidad de sus rebencazos, hasta reemplazarlos por amables golpes de talón.

—¡Péguele sin miedo, señor; si es de mañero!—le decía Baldomero.

—Es que no anda...

—Trae ese arreador, Juancito—dijo Baldomero al pequeño peón, que le entregó el que tenía en la mano y que aquél enarboló amenazante, mientras Lorenzo le decía:

—¡No le pegue muy fuerte!

Estimulado por Baldomero y por Melchor que había vuelto a la caballeriza, el tostado realizó la proeza de salir al trote, moviéndose con la brusquedad y violencia de un tranvía eléctrico salido de sus rieles, en cuya capota o techo fuese montado Lorenzo, que para el caso era igual.

El novel caballero calculaba que sus equilibrios se agotarían a los pocos minutos de aquella marcha, y cuando se disponía a disminuirla enérgicamente, advirtió con espanto que se aceleraba por obra del perrazo bayo que, como comprendiendo que el tostado no imponía respeto a nadie, se entretenía en morderle los garrones por burla...

Los mordiscos del perro determinaron una catástrofe, porque el tostado comprendió que para salvarse de ellos debía alzar las patas y lo hizo sin avisarlo a su jinete, que, al encontrarse en el plano inclinado que el caballo formó en su breve posición defensiva, siguió la dirección aquél, hasta su intersección con la línea horizontal del suelo.