—Pero tiene buen andar, don Lorenzo; y a éste puede castigarlo sin asco.
—¿Es muy lerdo?
—Regular, señor; como todo caballo viejo.
—¡Caramba con tus investigaciones!—dijo Melchor, agregando:—¡ni que fueras a comprarlo!
—Me lo estoy haciendo presentar, ¡ché! nada más natural.
—Bueno, andando, que se nos va a pasar la tarde.
El zaino salió en su estilo habitual, marchando tras de Ricardo, que se había adelantado bastante, en «su» malacara; pero Melchor advirtió que Lorenzo permanecía en la caballeriza, y se detuvo a decirle en voz alta:
—¿Continúa el interrogatorio?
—No... ché...
—¿Y qué haces ahí?... ¡Ven!