—¿Potro, dice, don Lorenzo?... Mire: ¡cuando ese caballo era potro usted no había nacido!...

—Bueno: andando—dijo Melchor, y se dirigieron a la caballeriza.

Era una de esas deliciosas tardes de enero, en que el sol se oculta entre nubes que lo aplacan tras un día templado y en que el ambiente del campo parece que se empapa con las emanaciones de las flores silvestres y de los pastos olorosos, y en que hasta los ganados se entregan al placer de pasear por los potreros, recorriéndolos al acaso.

Antes de subir a caballo, Ricardo y Lorenzo permanecieron un largo rato contemplando a las gallinas que, ante la sola perspectiva de la noche—aunque remota,—se entregaban al laborioso trajín de buscar ubicación en las ramas de los árboles, sobre las ruedas de los carros, en lo más alto de una escalera de mano arrimada a la pared y que parecía ofrecer el mejor sitio para pasar la noche, de tal modo se agitaban por conquistarla, discutiendo visiblemente en nerviosos cacareos a que el respectivo gallo ponía término con picotazos que parecían al mismo tiempo caricia y reproche, traducible así: «¡Estáte quieta!»

Lo propio ocurría con las palomas en sus casilleros, a los que entraban y salían en continuo movimiento, interrumpido sólo para observar la formidable encarnizada lucha que trababan de pronto dos machos encrespados, cuyas gallardías y cuyos aletazos, sugerían la línea de dos caballeros medioevales que, sobre los hombros las flotantes capas, combatieran por la dama.

Indiferente a todo, en la apariencia, y como un «manchón» colocado cuidadosamente se veía en la cresta de una raíz del ombú grande, un gato barcino que, de cuando en cuando, entreabría sus ojos lumínicos y transparentes y como ajeno a toda intención carnicera, los dirigía hacia las ramas, en las que cantaba de paso un pájaro que se dirigía a su nido.

Cuando Lorenzo se encontró sobre el tostado, exclamó:

—¡Qué caballo tan ancho!

—Así es; sí, señor; es un poco «sillón»—le contestó Baldomero, pero ignorando Lorenzo la acepción en que se empleaba esta palabra, dijo a su vez:

—¿Sillón?... Esto parece más bien sofá... ¡me hace doler las piernas!