—¡Y por hacer alguna visita!...
—No haría más que cumplir lo prometido.
—¡Confiesa, Ricardo, que la Pampita te quita el sueño!
—Algo hay de eso... en realidad. Me interesaría volver a hablar con ella... ¡qué demonio de muchacha!... ¡es tan linda!... ¡y tan educadita!...
—En eso, dificulto—dijo Baldomero—que haya otra igual... ¡porque miren que don Casiano le ha puesto maestras!... Y de las mejores que pudo traer de Buenos Aires... ¡Sí, señor! Si a veces sabían decirle que la iba a enfermar con tanto estudio porque la pobrecita se pasaba los días con los libros... y «meta» piano de sol a sol.
—Es un caso curioso, como pocos; porque don Casiano no es un hombre ilustrado, ¿no? ¿Qué se habrá propuesto con la Pampita?
—Vea, don Ricardo—así sabía decirme el viejo cada que yo le decía lo mismo:—«lo hago por su bien, amigo Baldomero, porque yo no me he de casar otra vez... la muchachita es linda por demás y me la van a codiciar... y yo no puedo tenerla atada a los tientos... así que he creído que con la educación se le puede dar una defensa... para que pueda estar sola... y andar por donde quiera... sin peligrar...»
—¿Qué sensato el viejo, eh?
—Y lo ha conseguido, don Ricardo, porque la Pampita no ha dado qué decir, eso sí, y todos saben que el que cae a la chacra con malas intenciones... ¡sale como escupida en plancha caliente!...
—¡Qué buena comparación!—exclamó Ricardo riéndose a tiempo en que Lorenzo decía: