—La Pampita habrá salido ingénitamente honesta... porque lo que es la educación no iba a corregir ni a morigerar un temperamento meridional puesto en contacto asiduo con la naturaleza.

—Bueno, de eso yo no entiendo, don Lorenzo; pero lo que sé decirle es que la Pampita puede ir donde quiera sin que nadie le falte.

—Yo creo que estás perfectamente equivocado, Lorenzo, porque, ¿cómo no ha de haber influido la educación en ella como en toda persona?

—¿Para conducirse honesta y virtuosa en la situación de ella?... ¿Asediada sin duda, a cada paso por individuos de toda condición? ¿Con veinte años y la libertad de que ha debido gozar?... ¡Bah!... ¡eso no lo hace la educación!

—¡Vaya si lo hace! Y si no observa los diversos grados de moral que se advierte en las sociedades menos educadas... compara a una niña de la alta sociedad con una chinita inculta... ¿Cómo vas a sostener que tienen el mismo pudor, ni la misma conciencia del propio decoro?

—Esos son resultados del medio en que se vive.

—Claro está, y según parece lo que don Casiano se proponía era poner a su hija a cubierto de las influencias del medio en que debía vivir, exactamente: tú lo has dicho.

—En eso yo no entro—dijo Baldomero,—pero que la Pampita es una muchacha decente... ¿eso?... ¡por donde la busquen!... Y póngala a la prueba, don Lorenzo.

—¡Si yo no lo pongo en duda! Basta verla para comprender lo que es, y por otra parte si así no fuera, no la habría mandado el padre a pasear sola con nosotros, por el jardín.

—Lo que voy viendo en mi sentir, es que va ir saliendo cierto lo que yo decía... ¡Si se me hace que la Pampita va ir a conocer Buenos Aires!...