—Hago lo que puedo, niño—dijo José, levantando las copas de la mesa;—no soy muy baquiano en tender camas.
—¡Si lo digo en broma, José! Usted las tiende perfectamente... mal—agregó Melchor, en momentos que José se alejaba llevando una bandeja al antecomedor.
—¿Quedamos entonces que a doña Ramona la va poner en ese cuarto?
—Eso es, Baldomero.
Este se retiró, diciendo medio entre dientes «¡qué criolla diabla!... cómo ha calzado»...
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La tardanza de Ricardo empezaba a preocupar a Melchor, que se disponía a ir o a mandar en su busca cuando al cabo de cuatro días de ausencia y en momentos en que se levantaban de almorzar, llegó a la estancia bajo un sol de fuego.
—¿Cómo vienes a esta hora?—fue el saludo de Melchor.
—¡Si vieran!—repuso Ricardo al bajar del caballo, que al pararse dejó caer la cabeza hasta casi tocar el suelo con la barbada, al mismo tiempo que palpitaban sus ijares con extraordinaria celeridad,—¡el monstruo de Anastasio nos sacó cortitos!... ¿Y por aquí?... ¿qué tal?... ¡Uf!... ¡Qué calor!... ¡y qué hambre!...
—Ven a almorzar, ¿o quieres bañarte antes?