—Que doña Ramona lo ha dejado y se ha venido; pero, ¡qué animal!...

—No te decía yo, Melchor, que esto podría tener consecuencias.

—¡Bah!... Perro que ladra, no muerde.

—¿No muerde?... ¡Lo que soy yo no vuelvo a pasar por allí; y creo que tú debes cuidarte de ese bandido.

Al mismo tiempo que José avisaba que estaba listo el almuerzo de Ricardo, Baldomero llegó y después de saludar a éste, dijo:

—¿Ha visto, don Melchor, lo que ha sucedido?

—Me estaba contando Ricardo.

—¿Sabe que me están dando ganas de ir yo?

—¡Ni se le ponga, Baldomero! Déjelo no más... eso, se arreglará solo.

Ricardo se había levantado para almorzar y había sacado de un pequeño paquete que le dio Juancito un montón de cartas que en su casi totalidad estaban dirigidas a Melchor, a quien entregándoselas le dijo: