—¡Ahí tienes lectura para rato!

Melchor las tomó con cierta displicencia, preocupado con el incidente en el Paso, y fue a sentarse en el escritorio, donde se aplicó a la tarea de leerlas mientras Lorenzo hacía lo propio acompañando a Ricardo en la mesa, junto con Baldomero.

—De Clota...—decía Melchor a medida que leía los sobres;—ésta también...; del viejo...; de Clota...; de Clota...; de mamá...; de Lolita...; éstas tres de Clota...

Y así fue clasificando las cartas que ponía reunidas por procedencias hasta que, terminada esta operación previa, tomó todas las de Clota que eran las más y procurando descifrar la fecha en el sello del correo que inutiliza la estampilla perdió un buen rato en ponerlas por orden.

—¡Cuántas cartas!... ¡qué barbaridad! Empezaré por la de mamá:

«Hijo mío: Hace hoy ocho días que te fuiste y me parece que hace un año, te extraño como si hiciera meses que no te viera, pero es porque para mí es lo mismo no haberte visto en un mes que saber que no te voy a ver en todo ese tiempo y por eso sufro ya como si estuviera hoy en el último día de todos los que pasarán sin verte y sin oírte decir todos los disparates con que me haces reír hasta cuando no tengo ganas de reírme. Por aquí no hay más novedad, sino que tu Tata no se siente bien desde el viernes, pero no es cosa de cuidado; todos te extrañan mucho y están deseando que vuelvas; Clota ha llamado varias veces por teléfono para pedir noticias y dice que no ha recibido cartas tuyas como nosotros tampoco las hemos recibido, ¿qué es eso? ¿por qué no escribes?

«Suspendo aquí porque en este momento entra Clota con la señora que vienen a comer con nosotros. Recibe muchos abrazos muy fuertes de tu madre.

»P. S.—Rufino te manda muchos recuerdos.»

Melchor quedó un largo rato con la cabeza apoyada en la mano izquierda contemplando la carta que conservó en la derecha, mirándola con los ojos desmesuramente abiertos, como si pretendiera ver algo más allá de aquellos renglones trazados por la mano de su madre idolatrada, hasta que de pronto la llevó a sus labios y la besó...

Leyó después la de su padre, escrita el jueves, antes de sentirse mal; las de sus hermanas, entre las que recibió una de la «nena» en que le pedía que al regresar de la estancia le llevara «un pichón de paloma pero que sea todo blanco»; las de sus amigos que invariablemente lamentaban su «partida en secreto, como si no quisieras despedirte»; y luego empezó a leer, por orden de fechas, las cartas de su novia.