Más de una vez mientras las leía creyó alcanzar a ver que alguien se asomaba por la puerta de la sala y así era en efecto, pues cuando acababa de leer la última levantó de pronto la vista y vio en la puerta a Ramona.

—¿Qué quiere, Ramona?—le preguntó.

Vestida con sus mejores trapitos y ceñida la cintura con una faja negra que sobre la bata blanca marcaba nítidamente el límite de su robusto talle, se aproximó cautelosamente mirando hacia el comedor y al estar casi junto a Melchor le dijo:

—¿Ha visto lo que ha hecho Anastasio?...

—Eso no tiene importancia, Ramona, Anastasio estaría borracho...

—Quién sabe, don Melchor... Anastasio es un hombre malo... muy malo...

—¿Teme usted que le haga algo?

—Por mí... no... don Melchor... y aunque me hiciera... aunque me matara... ¿yo qué valgo?...

—Anastasio se guardará muy bien de pensar en venir aquí a buscarla... y con el tiempo se le pasará todo.

—¿Usted cree, don Melchor?