—Esté segura, Ramona... no le hará nada... no tema.

—Ya le decía, don Melchor, por mí no tengo miedo ninguno.

—Pues entonces, esté tranquila... o, ¿quiere volver al lado de él?

—¿Por qué me dice «eso», don Melchor?—contestó ella aproximándosele aún más, bajando la voz como temerosa de ser oída, e inundándole con olor a cedrón de que tenía en la mano un gajo estrujado.

—Le pregunto, Ramona, porque bien podría suceder.

—¡Cómo había de ser!... ¿me cree capaz, don Melchor, de volverme con ese hombre?...

—Pues entonces esté tranquila, Ramona... vaya, no más, ocúpese de sus cosas y no vuelva a hablarme de esto.

—¿Me voy... entonces...?

—Sí, Ramona; vaya no más.

—Será hasta luego... entonces... ¡cuántas cartas ha recibido!... don Melchor.