—Es verdad... de la familia... y de mis amigos—dijo Melchor poniéndose de pie, como para salir.

—Ha de haber... alguna... otra... ¡no diga!

—¡Bien puede ser!—le contestó sonriendo afablemente al dirigirse, como lo hizo, hacia las piezas interiores contemplado desde la puerta del escritorio por Ramona que al salir al corredor tiró a un cantero del jardín el gajo de cedrón estrujado que tenía en la mano.

*
* *

La sobremesa de Ricardo se había prolongado comentando el suceso del «Paso» y refiriendo detalles de su permanencia en el pueblo cuando se presentó Melchor diciendo:

—Voy a guardar estas cartas... ya vuelvo—y siguió de largo para su dormitorio del que regresó en seguida.

—Total—dijo Baldomero al sentarse Melchor, dirigiéndose a Ricardo,—muchos cuentos... y de lo principal... ¡nada!

—¿Me esperabas a mí, no es cierto?—dijo Melchor y dirigiéndose al sirviente que se retiraba después de haber guardado unos platos:—José, antes de irse, deme una taza de café.

—Empezaré, pues, por lo que Baldomero llama lo principal.

—¿Y de no?... ¿a qué fue don Ricardo?