—Ciertísimo, Melchor.

—No te creo.

—Bueno, cuenta cómo fue—dijo Lorenzo.

—Ante todo no deja de ser realmente excepcional esta confidencia hecha por mí a todos ustedes, en un asunto que generalmente se tramita a solas con la propia conciencia; pero sería ridículo que tuviera secretos para contigo, Melchor, tratándose de un síntoma de salud moral, readquirida por tu esfuerzo; sería cuando menos pavo que los guardara para contigo, Lorenzo, en un caso en que nos hemos hecho confidencias y confesiones recíprocas, y sería ingrato con el amigo Baldomero, si no le contase cómo me fue con su consejo, pues han de saber ustedes que lo consulté con él. Hecha esta declaración previa, que se impone, voy a referirles el episodio.

El lunes llegué al pueblo a las cuatro más o menos, porque me demoré muy poco en el «Paso», y después de descansar un rato y bañarme, fui a lo de don Casiano como a eso de las siete. Al pasar la tranquera...

—¡Se le haría cuesta abajo!...—dijo Baldomero riéndose.

—...¡al contrario!... vi que la «Pampita» estaba sentada en el corredor, leyendo, y tan absorbida en la lectura que no me sintió llegar hasta que estuve junto al corredor, bajo ese aguaribay grande, ¿se acuerdan? que está a la derecha. Al verme, dijo como si se tratara de la cosa más habitual:

—¿Es usted... señor?... Buenas tardes...—y cerrando el libro que puso sobre la silla al levantarse, se aproximó al borde del corredor, mientras yo bajaba del caballo, cuyas riendas puse en una horqueta formada por un gajo roto.

Yo no puedo pensar en describirla... ¡era algo estupendo!... tenía la cabeza envuelta en una gasa verde oscura, recogida atrás con unos mechones de cabellos envueltos con la gasa sobre la nuca marmórea, y que me parecían luchar entre sí como si defendieran una posesión divina... yo no he visto... no... ¡no hay en el mundo una criatura que se le parezca!

—¡Sabe, don Ricardo, que está apretando... la calor!