PRÓLOGO

La novela cuya publicación iniciamos hoy significa un triunfo para su autor y una conquista para las letras nacionales. Don Enrique de Vedia, acreditado ya como escritor didáctico y publicista vigoroso, también había hecho apreciar en varias ocasiones sus cualidades de narrador y sus dotes de inventiva. Con todo, en el género puramente artístico y literario, no había producido aún la obra que era dable esperar y que hoy llega con Transfusión, como un resumen de energías y una síntesis de belleza.

Es una novela autóctona en la más estricta acepción del vocablo, pero lo es a la manera de las que soportan traslaciones a idiomas extraños y ello merced a la universalidad del asunto. Este es muy original. Lo constituye un problema de psicología individual. En su desarrollo el autor muestra el descenso de un alma virtualmente generosa y, como contraste, el renacer de otras embebidas en la substancia de aquélla. Y en la notación de este doble proceso moral, el señor Vedia aguza el análisis hasta sorprender los movimientos menos perceptibles del espíritu en su crisis progresiva. Los personajes no se ocultan a sus atisbos de observador, que sin abstraerse jamás, logra adueñarse a veces de todo un carácter, merced a un sólo rasgo distintivo.

De ahí que el novelista llegue a objetivarlos con intenso calor de humanidad. Se animan y andan, y a medida que accionan y discurren se advierte en ellos las modalidades de sus tendencias, de sus estados de alma, según las condiciones que los determina. Son seres reales, por eso viven en la novela, porque antes vivieron en la realidad, donde fueron sorprendidos. De pronto parece que se va a dar con ellos. Tal es la impresión de su verdad esencial. No nos referimos sólo a los caracteres centrales de la novela, a los que forman el núcleo de su acción íntima, sino también a las figuras de segundo término, o episódicas.

El señor Vedia ha matizado Transfusión con algunos trozos descriptivos que pueden citarse como páginas de primer orden. Y cuando del diálogo que tiene el sesgo de la frase hablada, el novelista pasa a describir y eleva la forma, pone en ello gradaciones tan armónicas que la transmisión se efectúa insensiblemente. Y ora evoque el despertar de la ciudad o los vastos panoramas agrestes o los cuadros de costumbres camperas, siempre ajusta a su naturaleza el estilo.

Y ello en una forma ágil y fácil, siempre viva, animada siempre. De ahí que el interés no decae un solo instante, sostenido aquí por la ternura, allí por lo patético, allá por el drama íntimo, acullá por un revuelo lírico y en todas partes por un perfecto acuerdo entre el mundo evocado y la energía evocadora.

La Nación.

Junio 10 de 1908.