Entre los juicios que esta obra mereció, cuando vio la luz pública, se encuentra el siguiente, que expresa, con particular acierto, el concepto ideológico y la finalidad moral a que «Transfusión» responde:

«Rosario, julio 15 de 1908.—Señor Enrique de Vedia.—Buenos Aires.—Mi distinguido amigo: Su bella concepción dramática, publicada en forma de romance, ha terminado de una manera original y novedosa, dejándonos con ganas. Efectivamente, acostumbrados en este género de producciones a que se aten todos los cabos para cerrar el ciclo de los acontecimientos referidos (artificio más que verdad), uno no se resigna a que deje de contársele que Anastasio vino una noche a matar a Melchor, por ejemplo; que Clota, desesperada, entró en un convento; que los padres del protagonista murieron en un hospital porque éste les derrochó toda su fortuna, concluyendo él mismo sus días en el manicomio, degenerado e imbécil, en un acceso de delirium tremens o maniatado por la parálisis general progresiva.

»La fuerza del hábito hace que uno espere el número siguiente para continuar la fácil y agradable lectura que se realiza como si se oyera un fonógrafo invisible que reproduce para el oído lo que los cuadros admirablemente trazados reproducen cinematográficamente en la imaginación y casi diríamos en la pantalla retiniana.

»Ese final, en que queda Melchor, afirmado en la tranquera, con su simbólico ramito de fresco cedrón, viendo partir a sus amigos, que se llevan jirones de su psicología, es de una naturalidad tal, que recuerda a los grandes maestros del arte literario cuando con los más sencillos elementos realizan verdaderas creaciones.

»Tan cierto es que un simple gesto, o una pose revelan muchas veces todo un mundo interno oculto al ojo vulgar que sólo ve la superficie.

»Hay tal revelación de recóndita onomatopeya entre este sujeto así plasmado en aquel ambiente todo nuestro, y el estado de su ánimo ante la metamorfosis que el alcohol por una parte, el contagio moral por otra y su indudable receptividad psíquica han producido en él, que al terminar uno la lectura del capítulo, se queda inconscientemente en una actitud análoga, con la vista clavada en un punto del espacio y una sonrisa de aplomo dibujándose en los labios.

»La transfusión está hecha, ¿para qué más? Sutil e inadvertidamente la salud espiritual de Melchor ha sido absorbida por Ricardo y por Lorenzo, los que a su vez le han dado a respirar sus almas enfermas, como las flores, que al ampararse del oxígeno, que es la vida, exhalan el ácido carbónico, que es la muerte.

»El lector pudiera exigir que el fenómeno hubiese ido produciéndose ocasionalmente a su vista y con casos concretos que le documenten, como en un boletín clínico en que se anotan todas las modalidades de un padecimiento cuyo curso insidioso o normal se sigue prolijamente, catalogando epifenómenos y detalles de escrupulosa minuciosidad, pero ¿podría hacerse eso sin menoscabo del arte, generalizados por excelencia, para producir el efecto emocional y convincente que se busca?

»El alcohol y la Venus son, por otra parte, auxiliares eficaces de consumo orgánico y de degeneración, de que el autor echa mano con hábil ingenio para producir el caso clínico observado y existente, sin duda alguna en gran número, en este inmenso nosocomio del mundo.

»Pinturas que son verdaderas fotografías con movimiento hay en su romance, y Baldomero, representante genuino de nuestros hombres de campo, de verba pintoresca y tranquilo razonar ecuánime, ha sido arrancado de la realidad él mismo, en medio de aquella naturaleza genuinamente argentina, de horizontes dilatados y soberana magnificencia.