—¿Lloverá hoy?—preguntó Ricardo.
—¡Sin duda!—dijo Melchor,—el barómetro marca ya 755 milímetros—agregó, mirando al que pendía de la pared del comedor, donde acababan de almorzar.
—¡Qué agradable sería dormir la siesta bajo un buen aguacero!
—Aquí tienes, ché, Ricardo, un día excelente para ir a visitar la «Pampita»... y hacer méritos...
—¡Hacer una barbaridad!... porque me moriría en el camino.
Así habría sucedido sin duda, pues un sol de fuego caía a plomo sobre los campos, en los que danzaba macábricamente un temblequeante vaho de capas superpuestas entre las que todo se agitaba, desfigurándose con perfiles movibles y ridículos, pues tan pronto parecía que los álamos y los eucaliptus se encogían en contorsiones de dolor, como parecía que los ombúes se empinaban en espirales, o que las vacas multiplicaban repentinamente el número de sus patas, sus cabezas, o sus colas.
Las ovejas se agrupaban protegiéndose mutuamente de la calcinación solar de los sesos, que cada una ponía bajo el vientre de la vecina, hasta ofrecer, en compacto conjunto, el aspecto de grandes quillangos puestos a secar.
En los sitios en que la densidad de las capas atmosféricas era mayor, los fenómenos del espejismo se mostraban en forma de lagos y de ríos que, no por ser idénticos a los verdaderos, llegaban a engañar al ojo inerrable de los animales sedientos.
Bajo la sombra de los ombúes de la caballeriza, se refugiaban los perros echados de lado, con las patas estiradas como para ahorrarse el calor de sus contactos, indiferentes a la presencia de las gallinas que buscando la misma sombra, se ubicaban junto a ellos, salpicándolos con la tierra que removían con las alas en procura de capas más frescas y sólo cuando algún idilio gallináceo molestaba demasiado a un perro, éste se levantaba resignadamente, daba algunos trancos, dirigía una mirada hacia el campo como pensando: ¡qué calor tendrán las vacas!, y se echaba de nuevo rezongando entre colmillos algún lamento perruno.
De pronto un gallo, como si recordase repentinamente una orden, olvidada al amanecer, lanzaba las cuatro notas de su vibrante canto al que sólo respondía, por excepción, el ronco trisílabo de un gallito enano y tuerto trepado al eje de un carro en la caballeriza, por cuyos pesebres circulaban cacareando «sotto-voce» las gallinas más inquietas del corral.