—¡Sí!... usted está en su casa... y... ¿por qué hacen correr ese caballo por criollo, entonces?...

—Porque es criollo, ¿entendés «guacho»?

—Vea, don Melchor, respete a la gente si quiere que no le falten...

—¡Pero qué te has pensado, canalla!—dijo Melchor haciendo girar el cinturón como para sacar el revólver.

Hubo un instante de pavoroso silencio, durante el cual Bando se recostó en el anca del «rosillo» y sereno y sonriente miró a Melchor, a quien Maidagan tomó del brazo diciéndole:

—¡Qué va a hacer!... Don Melchor... ¡Si no vale la pena!...—al mismo tiempo que decía a Bando:—¡Monte y retírese, amigo!

—¡Suélteme, Maidagan!... ¡Suélteme, le digo!

—Primero voy a pagar honradamente lo que he perdido—repuso Bando;—para irse hay tiempo... «anque» sea al otro mundo...

Lorenzo y Ricardo se aproximaron a Melchor y lo llevaron para la caballeriza, donde se habían refugiado las mujeres, y donde le tuvieron, poco menos que a la fuerza, hasta que, apaciguados los ánimos, volvieron al sitio de las carreras, que se tramitaban en inacabables discusiones, y desde el cual pudieron ver a la distancia, que Lucas Bando se alejaba, solo, llevando de tiro a su «rosillo».

*
* *