En varias mesas puestas bajo el ombú grande, se había improvisado la cantina, gratis, atendida por Rufino a pedido de Melchor, con la recomendación de dar preferencia al despacho de limonada gaseosa.

Terminadas las carreras se organizó el baile designándose bastonero al viejo Montero que aceptó el cargo diciendo:

—¡La primera pieza «pal» patrón!...

La orquesta, formada por dos guitarras y un acordeón, rompió con una habanera cadenciosa y sensual; las mujeres ocupaban los bancos, abanicándose complacidas; los hombres de pie, sobre uno de los costados descubiertos, las contemplaban «comentándolas», cuando avanzó Melchor y, parándose frente a la rubia que había tenido al lado en la mesa, se sacó un pequeño ramito del ojal y mientras los músicos suspendían la ejecución de la habanera, le dijo;

—Para la reina de la fiesta, a la que le pido quiera acompañarme a iniciar el baile.

La muchacha tornó el ramito y aceptando el brazo que Melchor le ofrecía salió con él que, en seguida, hizo seña a los músicos para que continuaran, mientras se paseaba con su compañera cuya mano derecha apretaba fuertemente con la izquierda.

Él estaba, sin duda, hermoso bajo la influencia de la profunda exitación que lo dominaba. Sus mejillas habían recobrado el sonrosado color de otros días y por sobre sus hondas ojeras brillaban sus enormes ojos de fauno estival; los labios enrojecidos y gruesos y lascivos brotaban, entre el bigote y la rubia barba crecida, como una roja amapola en un trigal maduro y su aliento de horno quemaba las mejillas de su inocente y sencilla compañera, cuyo respirar acelerado y ansioso contestaba, sin palabras, a las tremantes insinuaciones de su gallardo y prestigioso galán.

Las guitarras sonaban metálicamente bajo los golpes violentos y secos en las bordonas; el acordeón se quejaba en el desmayo rítmico de sus notas, prolongadas en calderones que le exigían todo el desarrollo de su caja y, aprovechando uno de éstos, Melchor se puso al frente de la rubia arrastrando la pierna izquierda cuyo pie trazó en el suelo un semicírculo y pasándole el brazo derecho por el talle, al que se ajustó como un cinturón ardiente, le tomó, con toda delicadeza, la punta de los dedos de su mano derecha que levantó hasta la altura de los hombros y mirándola lánguidamente en los labios temblorosos, empezó a bailar tan unido a ella

«Que sus dos almas en una acaso se misturaron».

—¡Quiébrela, niño...!—dijo una voz que partió del grupo de paisanos, hacia el que Melchor lanzó una mirada de indignación visible...