Cuando Lorenzo salió de bajo el ombú de la cantina, oyó el compasado y monótono «¡glú!... ¡gluglú!... ¡glú!» de las guitarras y el «¡ras!... ¡rasrrás!... ¡ras!» de los pies cepillando el piso al girar de los bailarines, como en las cadenas de los lanceros.
Tras de Lorenzo, se aproximó Melchor que a cada figura gritaba:
—¡Más listos!... ¡más vivo ese movimiento!... ¡Parecen hombres de palo!...
Terminado el pericón, llegó Hipólito con una escalera y encendió la luz de los faroles, pues la pared del fondo, en el lado del poniente, proyectaba una sombra que oscurecía al local. Realizada aquella operación, se ennegrecieron las «damas», que sentadas en los bancos fueron revistadas por Melchor, de cuyo panamá bajó sobre los ojos el ala delantera.
Al llegar frente al farol de la pared vio, bajo la penumbra de éste, una pareja que conversaba íntimamente.
—¿Y ustedes?... ¿qué hacen, que no bailan?
—«Ahura» hemos de bailar, señor, lo que toquen.
—¡A ver!... Déjenme sentar a mí también—les dijo Melchor,—quiero verles las caras.
La pareja unida se corrió hacia un lado, dejando sitio junto al paisano; pero Melchor le dijo a éste, metiendo el cabo de su rebenque entre él y su compañera:
—No, yo en el medio.