En el mismo instante los músicos empezaron a tocar algo semejante a una «mazurka» y levantándose rápido el paisano dijo a su compañera:

—Acompáñeme, que ahí tocan.

La criollita no se hizo repetir la invitación y de la mano de su compañero se alejó mientras Melchor se sentaba y decía:

—Vayan no más, que no se han de ir muy lejos...—pero no volvió a verlos aquella tarde.

El baile continuó hasta que al entrar la noche se retiraron los convidados, muchos de los cuales destacaban, sobre las últimas vislumbres del crepúsculo, la silueta oscilante en el caballo que por sí sólo marchaba a la querencia.

Aquella fiesta dejó en el espíritu de Lorenzo, de Ricardo y aun de Rufino, una penosa impresión que se trasmitieron mutuamente mientras Melchor, que la había engendrado, tomaba el baño que todas las tardes le preparaba Ramona.

—Yo no me debo meter, niño; pero, en mi sentir, don Melchor va mal—decía Rufino,—y diga que don Baldomero no le pierde pisada...

—En lo único que hace mal Melchor, es en querer alternar con esta gente, Rufino.

—Y otras cosas, niño, que me ha dejado comprender don Baldomero... ¡y cómo lo quiere este hombre!...

—¡Como todos! ¿quién no ha de querer a Melchor?—repuso Lorenzo.