—Así es, niño; pero vea, don Baldomero dice que usted puede mucho y que de no que le hable al patrón.

—No ha de haber necesidad de nada, Rufino, porque esta fiesta no ha de repetirse.

—Más vale así, niño; ¡mire que seria una lástima!...

—¿Y usted tiene todo listo para regresar mañana, Rufino?—le preguntó Lorenzo para cortar la conversación.

—Sí, niño, todo, sólo me faltan unas cartas que me dijo don Melchor que me iba a dar.

Terminado el baño de Melchor reapareció éste y pasaron al comedor donde durante la comida comentó complacidamente los diversos episodios del día, lamentando sólo no haber tenido tiempo de escribir las cartas que había pensado enviar con Rufino, cuyo regreso estaba improrrogablemente fijado para la mañana siguiente según lo tratado en la cochería de Gaspar.

—¿Parece que a ustedes no los ha dejado satisfechos la fiesta?—dijo de pronto Melchor al terminar la comida.

—¿Cómo no?...—repuso Ricardo,—hemos asistido a un espectáculo muy interesante; yo no hablo mucho porque estoy cansado con el galopón de esta mañana y el trajín de todo el día.

—¿Y tú?

—¿Yo?... ¿Qué más quieres que te diga?... Me parece que he elogiado bastante, y de lo que no me merece elogios... ¿a qué hablar?...