Su noble espíritu altruista, su grande alma generosa y buena, su corazón limpio y sano—todo, ¡todo! su ser moral estaba empeñado en la obra de reconfortar, de encauzar, de nuevo, a sus dos amigos moralmente enfermos, y estimulado por la fe en sus propias energías abandonaba todo cuanto podía halagar a cualquier hombre de su edad y en sus ambiciones lícitas, con el ideal de regresar a Buenos Aires trayendo a Ricardo Merrick y a Lorenzo Fraga, convertidos, de la melancolía neurasténica, de la desilusión pasional y del escepticismo abrumador, a la jovialidad confortativa, a la complacencia de «ser», a la suprema satisfacción de vivir bajo la enérgica propulsión de una intensa salud físico-moral.
—¡Ah!—pensaba Melchor, contemplando furtivamente a sus dos amigos.—¿Qué dirán en casa de Lorenzo y en casa de Ricardo, cuando vuelva con ellos, como van a volver, curados de tristezas y de pavadas?...
En ese instante Lorenzo se retiró de la ventanilla y se acomodó en su asiento; Ricardo hizo lo propio, y Melchor continuó un momento esperando, deliberadamente, que ellos solos iniciaran alguna conversación, como lo hizo Lorenzo, diciendo:
—Linda mañana, ¿eh?
—¡Hola!—exclamó Melchor, sentándose a su vez y restregándose efusivamente las manos.—¿Conque ya encontramos algo lindo?
—¿Y qué quieres?... ¿Quieres que encontremos fea o desapacible a esta espléndida mañana?
—¡Bravo! ¡Progresamos! Conque espléndida, ¿eh? ¿No te decía yo que al empezar este paseíto iniciaríamos la mejoría?
—¡Déjate de tonteras!—interrumpió Ricardo,—pues nos vas a poner en el caso de no poder hablar.
—No... si no son tonteras... Ustedes son dos enfermos; yo soy el «médico», y es justo que haga clínica, apreciando en todo su valor hasta el síntoma menos importante para otro ojo menos experto.
—¡Y en vez de clínica, haces tonteras... insisto!