—Gracias por la amabilidad.

—¿Vas a resentirte?

—¡Qué esperanza! Nada más agradable que verse tratado así por un amigo...

—Que precisamente por serlo desde la infancia está autorizado...

—¿A pegar?...

—Yo no te pego; te hago una observación amistosa.

—Sí; a ti te pasa lo que a esos chicos a quienes se les ha dicho que no deben señalar con el índice y señalan con el anular o con el meñique; pero señalan con el dedo...

—¡Boooletos!—gritó el jefe de tren, con innecesaria voz de trueno, cual si su autoridad se fundara acaso en eso, como la de los discutidores empedernidos que gritan demasiado, porque ignoran que no se gana la razón por la altura de la voz sino por la del concepto, como ignoraba aquél que para obtener las boletas pedidas le bastaba la gorra y el sacabocados.

—Me ha dejado aturdido el grito del guarda—dijo Lorenzo, por romper el silencio que siguió a la discusión que provocó Ricardo.

—¡Realmente! ¡Qué pulmones!—repuso Melchor, agregando:—¡Cómo se conoce que ese hombre vive viajando!