—¿Y quién te dice que no vive en Buenos Aires?—replicó Ricardo.
—¡Sus pulmones, el timbre de su voz y el color de su cara!
—Esas son preocupaciones, de que muchos participan; pero yo veo que todo el mundo vive sano y fuerte en la capital.
—¡Sin duda! ¡Si Buenos Aires es una de las ciudades más sanas del mundo!; pero cómo vas a comparar la vida en ella y aquí no más; fíjate... mira qué maravillas de quintas.
—Sí; muy lindas...
—¡Y qué ambiente!... ¡Qué diafanidad!... ¡Ya por aquí sólo se toma olor a flores, a yuyos, a campo, a naturaleza!
—¿No se toma olor a ciudad? ¿Qué raro, eh?...—dijo riendo amablemente Ricardo.
—¡Eso es! No se toma olor a ciudad; es decir, olor a bodegones, a cloacas, a hoteles, a multitudes.
—¡A multitudes!... pero ¡qué buena observación! ¿Conque no hay multitudes en despoblado?
—Te digo multitudes, empleando una metonimia.