—Una... ¿qué?
—Una metonimia, de causa por efecto; y así te dije olor a multitudes por no decirte olor a sudor.
—¡Qué porquería!
—¡Eso es! Olor a porquería; tal es, precisamente, el olor a ciudad.
—Pero, ¡qué encono con la ciudad!—dijo Lorenzo, que parecía absorbido en la contemplación del paisaje, renovado caleidoscópicamente a favor de la marcha acelerada del tren.
—No hay tal; es justicia al campo.
—«Substituyendo cantidades iguales, Braulio eres», como en el cuento de Larra.
—No; de ninguna manera; mi entusiasmo por la vida del campo no importa una condenación a la vida en las grandes ciudades.
—Pero prefieres la primera.
—¡Con toda mi alma!