—Luego no te gusta vivir en Buenos Aires.
—Que no me gusta...—replicó Melchor, subrayando las palabras,—tanto como eso... a mí me gusta Buenos Aires como el mar, al que se parece.
—¿Que Buenos Aires se parece al mar?
—¡Ya lo creo! Como el mar es inmenso, como el mar tiene tempestades, borrascas, abismos y movimientos arrolladores y hasta en sus grandes calmas se parece.
—¿Y por eso no te gusta?
—Me gusta como el mar: para bañarme; pero no para quedarme en él; me gusta Buenos Aires para pasar breves temporadas; ¡pero me sofoca la vida entre más de un millón de personas que se agitan, hablan, se mueven, atropellan, contagian, pegan, muerden!
—¡¡Luján!!—gritó en el andén la misma formidable voz de los «booletos».
—¿Tendremos tiempo de bajar?—preguntó Lorenzo.
—Algunos minutos—repuso Melchor;—bajemos.
—¡Cuánta gente baja aquí!—dijo Ricardo al pisar el andén.