—Tengo que hablarlo; venga un momento...

—¿Qué misterio es ése?... ¡Hable aquí, Baldomero!...

Este se aproximó a Melchor y bajando la voz como si quisiera hablar para él solo, pero dejándose oír por Lorenzo y Ricardo a quienes, por detrás de Melchor, hacía señas de que no era cierto, le dijo:

—Ahí está Anastasio... venga... Patroncito...

Melchor se puso visiblemente pálido y dejándose llevar por Baldomero salió del comedor.

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Las cartas que Lorenzo y Ricardo habían enviado a sus familias fueron portadoras de noticias cada vez más halagüeñas, pues a medida que vivieron la vida sana del campo sintieron sus influencias en francas manifestaciones de robustecimiento físico ya que en lo moral habían sido definitivamente curados por la acción tenaz, y altruista de Melchor.

Este en cambio había caído en un desnivel, que lo condujo rápidamente a todos los grados de la perversión, como si las energías de su espíritu se hubieran agotado o se hubieran trasvasado al de sus amigos, respondiendo al principio en virtud del cual, cuando un platillo de la balanza sube, el otro baja.

La vida del campo, en sus formas genuinamente camperas, había contribuido a culminar un proceso de decaimiento moral que se había iniciado sutilmente en Melchor, con alguna antelación a su viaje a la estancia; pero que no había pasado inadvertido para el espíritu de su madre cuando le decía: «tienes deberes a que «antes» no habrías faltado», y la libertad absoluta de que gozaba en la estancia; las influencias circundantes, en el estímulo de los ejemplos que le rodeaban; la avidez de energías físicas, equiparables a la del peón o del toro y que se adueñó de su espíritu en cuanto lo encontró desprevenido o débil; la distancia interpuesta entre sus jueces y sus actos; las mismas resistencias subalternas con que solía chocar, todo propendía a acelerar la caída y más de una vez mientras Ricardo ejecutaba en el piano una sonata de Beethoven, Melchor en la caballeriza, punteaba una milonga en la guitarra mugrienta de algún peón.

El aislamiento y el alcohol aceleraron el proceso de su agotamiento moral y cuando un resto de luz iluminaba su cerebro haciéndole mirar hacia atrás con vergüenza o hacia adelante con miedo se consolaba pidiendo un mate a Ramona o bebiendo otra copa de cognac para reír en seguida como un luchador que se conquista un triunfo.