—¡Qué monstruosidad!...—exclamó Lorenzo.
Al oír esto y ver a Lorenzo que se tomaba la cabeza con ambas manos, Melchor se levantó de la mesa, en la que acaso había bebido demasiado, y dando en ella un puñetazo dijo poco menos que a gritos:
—Con todos tus gestos de ridículo reproche y con todos tus desplantes de moralista recién llegado, tú, tú no serías capaz de explicarme satisfactoriamente esta difundida predilección por la madre... este miserable afán de posponer al padre, invariablemente, en el orden de nuestros afectos... esta, cobarde fórmula que la noción del adulterio impone en los espíritus bajos... Habla... te callas, ¿eh?... Y quizás te callas porque empiezas a comprender que te has vinculado, sin reflexionarlo ni un instante, a esa agraviante predilección por la madre que sólo se explica por medio de un raciocinio repugnante: ¡amo a mi madre, sobre todas las cosas, porque tengo la certeza de que soy su hijo!
—Estás blasfemando, Melchor; pero sin duda mereces que se te disculpe... tú no estás en condiciones de discutir «ahora»... mañana hablaremos.
—¿Qué me quieres decir?... ¿que estoy borracho?—rugió Melchor aproximándose a Lorenzo en actitud amenazante. Al verlo Ricardo se interpuso rápidamente, diciendo:
—No discutan más, Melchor... tú te alteras demasiado.
—Si no me altero, ché—repuso Melchor apaciblemente; pero alzando de nuevo el tono de la voz exclamó;—¡sólo que no le voy a permitir a Lorenzo ni a nadie, que me falte en mi casa!
—Yo soy incapaz de ofenderte—dijo Lorenzo en el mismo instante en que entrando al comedor y dirigiéndose a Melchor, dijo Baldomero:
—Quiere venir un momento, don Melchor...
—¿Para qué?...