—¿Cómo he de entenderte, Melchor, si me hablas de condiciones negativas desde que sólo te sirven para ver todo malo, corrupto, repugnante?

—¿Y qué culpa tengo yo de que las cosas sean así?...

—¡Es que no son!... Tú no puedes considerar así a tu madre, ni a tu padre, ni a los de Ricardo ni a los míos.

—Pongamos punto final, ché Lorenzo, si vas a argumentarme con las madres... Son argumentos excesivos... y de los que seguramente no pienso como tú.

Lorenzo se disponía a contestar; pero se limitó a mirar fijamente a Melchor que al notar su silencio se inclinó sobre la mesa para buscar, por debajo de la gran lámpara colgante, la cara de su amigo que se había parado al otro extremo de la mesa.

—Mírame todo lo que quieras, Lorenzo, si no he dicho una blasfemia.

—Te miro asombrado, sencillamente; creí que ibas a formular una protesta de respeto, de reverencia para las madres y vi en seguida que me equivocaba... una vez más.

—Y qué te equivocabas, ¿por qué?... ¿pretendes imponerme, también, tus ideas o fórmulas de amor filial?... ¿me consideras capaz de la villanía de proclamar mi amor a mi madre como el más grande de los que mi corazón puede y debe sentir?

—¡Melchor!... ¡Pero qué estás diciendo, por Dios!... ¿Tú, el hijo amantísimo, hace dos meses, vas a declarar ahora que no quieres a tu santa madre?

—Por mucho que te espantes y por mucho que ahueques la voz, te diré sin sensiblerías ridículas que para mí el famoso amor a la madre encubre un agravio miserable y ruin.