—Me apena como no es decible todo lo que estás diciendo... tú no pensabas así.

—¡Es que he aprendido!

—Yo también aprendí, y de ti especialmente, a pensar de otro modo y no me pesa, Melchor, porque en mi experiencia, poca o mucha, los pillos representan el uno por ciento de los hombres que he conocido.

—¡Que no has conocido!... precisamente: ¡que no has conocido! porque han sido suficientemente astutos para embaucarte.

—¿De modo que la proporción es inversa?...

—Posible... ¡casi seguramente!...

—¡No digas eso, por Dios, Melchor!—exclamó Lorenzo poniéndose de pie y caminando nerviosamente a lo largo del comedor, mientras Ricardo, echado hacia atrás en su asiento, arrojaba al techo tenues espirales del humo de su, cigarro, como deseando substraerse a la discusión.

—No lo diré si te incomoda—repuso Melchor con voluptuosa indiferencia.

—¡Me, desespera verte así!... Yo no sé qué influencias perniciosas gravitan ahora en tu espíritu para hacerte ver las cosas y los hombres...

—¡Como son!—le interrumpió Melchor con vehemencia, agregando:—yo he pasado diez años creyendo en todo lo bueno, lo amable, lo digno; yo he pagado ya el tributo de mi inocencia; pero he aprendido a defenderme y a calcular hasta la más solapada intención del que tengo delante y hoy me siento capaz de juzgar a las cosas y a los hombres y a las mujeres sin engañarme, ¿entiendes?...