—¿Pillo?... ¿Por qué?... el doctor Moreno es todo un caballero, Melchor.
—Sí... sin duda... un caballero que te habría declarado sano el primer día que te vio, si no hubiera comprendido que eras un buen filón.
—¿Pero por qué hablas así del doctor Moreno?
—Porque todos «ésos» son iguales; mercaderes de la peor especie que en la mayoría de los casos venden enfermedades a sanos y no salud a enfermos... traficantes que toman a un hombre como el viejo y lo atan a la cama para sacarles el jugo.
—Yo no niego que haya médicos de esa índole; pero son la excepción... Moreno es un hombre digno y serio.
—¡Bah!... ¡Bah!... No me hables de los hombres serios—exclamó Melchor reaccionando sobre la nerviosidad con que habló de los médicos y sonriendo como si compadeciera a Lorenzo por su ingenuidad.
—Que también, para ti, los hombres serios son... unos...
—¡Truanes! en la mayoría de los casos—le interrumpió Melchor,—¡porque casi siempre revisten de seriedad, fingida, un estado de conciencia que haría poner colorado a un negro!
—Te confieso que me aturdes cada vez que te oigo hablar así y que todo mi discernimiento se desvanece cuando te veo en tren de escarnecer despiadadamente todo cuanto debe merecernos respeto.
—¿Pero crees, Lorenzo—interrumpió Melchor violentamente,—que yo puedo, tener respeto por la cáfila de bribones que se habrán completado para declarar enfermo al viejo... cuando el viejo no tiene más «enfermedad» que la de tener algunos recursos?... ¿Y crees que yo puedo o debo respetar a esos ceremoniosos caballeros que hablan solemnemente y no se sonríen siquiera ante nadie, para poder pasar por «hombres serios»?... ¡Bah! no seas infeliz: en la mayoría de los casos son unos grandísimos trapalones que después de haber tocado en todos los fondos de la corrupción y del vicio, ahitos de impudicias y de concupiscencias, se cubren las llagas con el manto de los honestos y de los virtuosos... verdaderos escenógrafos en el drama de la propia vida, que nos la pintan o nos la muestran a la manera de esos telones teatrales que representan, vistos de lejos, un hermoso paisaje apacible, hecho burdamente a escobazos con pinturas ordinarias.