*
* *

El ambiente de amables alegrías se había modificado gradualmente en la estancia de Astul hasta ofrecer a ratos el aspecto de una casa de duelo.

Ricardo, Lorenzo y Melchor paseaban como con desgano; se aislaban, acaso sin determinarlo deliberadamente y cuando conversaban lo hacían sobre temas indiferentes o fríos. Largas horas trascurrían sin hablarse y más de una vez tomaban asiento en la mesa conservando cada uno el libro que leía y al que servía de atril la copa o la botella que se tenía delante.

Así había pasado la hora empleada en comer una tarde en que Ricardo rompió el silencio diciendo:

—¡Vamos a levantarnos de la mesa roncos!

—Ustedes han dado en no hablar.

—Seguimos tu ejemplo.

—¿Y de qué quieres que hable, Ricardo?... ¡Yo tan luego!... No tengo temas agradables, ché...

—¡Yo tengo—dijo Lorenzo,—ahora que me acuerdo! Entre las cartas que nos trajeron hoy recibí una del doctor Moreno en que me dice que te pida permiso para mandar aquí a todos sus enfermos en vista de las noticias que le daba de mi estado.

—¡Al fin me da la razón ese pillo!